La controversia judaizante
del primer siglo

y su envergadura para la actualidad

por David L. Moore

     Según los Hechos de los Apóstoles, la discusión relativo a las enseñanzas judaizantes surgió primero en Antioquía de Siria. Lucas menciona sus comienzos en los términos siguientes: «Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: "Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés no podéis ser salvos"» (Hechos 15:1). Fue en Antioquía, centro importante de comercio y de cultura de aquel entonces, que primeramente se había establecido una congregación que incluía una representación considerable de gentiles creyentes en el Mesías (Hechos 11:20-23).

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Pablo y Bernabé, habían estado relacionados con la obra en Antioquía desde hacía mucho tiempo
(Hechos 11:20, 25). Se encontraban en la ciudad cuando estas enseñanzas comenzaron a difundirse; y como creían que eran doctrinas que no cuadraban con el evangelio, tuvieron «una discusión y contienda no pequeña» con los que las propagaban (Hechos 15:2).

     El apóstol Pedro también vivía en Antioquía alrededor de este tiempo, y en este ambiente gentil, estaba acostumbrado a comer con los creyentes gentiles. Pero luego que vinieron «unos de parte de Jacobo», Pedro se retraía de esta comunión y se mantuvo aparte. Según Pablo, lo hacía porque «tenía miedo de los de la circuncisión» (Gálatas 2:12) —esto es de los que recalcaban la importancia de este rito— (Hechos 10:45; 11:2-3). Pero ¿quiénes estaban enseñando a los hermanos en Antioquía que si no se circuncidaran no podían ser salvos? Bien podrían haber sido unos como éstos que influyeron a Pedro a no tener comunión con los gentiles. El hecho de apartarse de los creyentes gentiles para no sentarse a comer juntos, aunque no enseñara explícitamente que no eran salvos, ciertamente comunicaba este sentir y opinión. Es relativo a estas acciones de Pedro que hallamos la palabra «judaizar» en la Biblia. Pues a la luz de lo que Pedro estaba haciendo, Pablo le dirigió la pregunta, «¿Por qué obligas a los gentiles a judaizar?»(Gálatas 2:14).

     Y bien podríamos preguntarnos si estos «de parte de Jacobo», que trajeron influencia judaizante a Antioquía, habrían reflejado, en verdad, el sentir de este apóstol. Jacobo era en este tiempo el principal de la congregación en Jerusalén. En la Epístola de Santiago que se considera fue escrito por él, se encuentra un énfasis fuerte de que la fe que no produce obras es una fe inútil, muerta. «Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras», dice él (Santiago 2:18). Pero habríamos de notar que su énfasis no recae sobre aquellas ceremonias y ritos que diferencian al judío del gentil sino sobre principios éticos y prácticos. Como dice en Santiago 2:8 y s., «Si en verdad cumplís la Ley suprema, conforme a la Escritura: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", bien hacéis; pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado y quedáis convictos por la Ley como transgresores». Y relativo a los que estaban enseñando, «Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos», Jacobo les califica como «algunos que han salido de nosotros a los cuales no dimos orden» (Hechos 15:24).

     La actuación y los pronunciamientos de Jacobo en el concilio que se realizó en Jerusalén para resolver la controversia judaizante también son reveladores de su verdadero sentir al respecto. Pues cuando surgió en Antioquía la contienda sobre este asunto «se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión» (Hechos 15:2). En Jerusalén, todos tuvieron la oportunidad de presentar su punto de vista. Algunos de la secta de los fariseos que creían en el Mesías dijeron de los gentiles creyentes, «Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés» (Hechos 15:5). Otros, especialmente Pablo y Bernabé, eran de otro sentir e igualmente se expresaban. Luego, en el concilio, después de bastante discusión, Simón Pedro se levantó para recordarles cómo los gentiles primeramente habían oído el evangelio. Les contó que, en acontecimientos movidos por la mano divina y sin precedentes, él había llevado el evangelio a un centurión romano y su círculo de amigos y familiares (véase Hechos 10:1-48). Y relató cómo Dios había mostrado su aceptación de ellos bautizándolos en el Espíritu Santo cuando creyeron. «Y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos —decía Pedro— purificando por la fe sus corazones» (Hechos 15:9).

     Luego que Pablo y Bernabé habían contado de grandes señales y maravillas que Dios había hecho entre los gentiles por medio de ellos, Jacobo tomó uso de la palabra. Y se dirigió al concilio de la siguiente manera:

Varones hermanos, oídme. Simón [Pedro] ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito:
Después de esto volveré
Y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído;
Y repararé sus ruinas,
Y lo volveré a levantar,
Para que el resto de los hombres busque al Señor
Y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre,
Dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos.
Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios, sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre (Hechos 15:13-20).

     Teóricamente, este acuerdo entre los apóstoles —pues la propuesta de Jacobo tuvo aceptación— debe de haber resuelto el problema judaizante. Los gentiles no iban a tener que circuncidarse. Y el asunto de las comidas comunes que incluían a judíos creyentes y gentiles creyentes fue resuelto con requerir que los gentiles abstuvieran de servir en sus mesas sangre animal o carne ofrecida a ídolos y que mantuvieran vidas libres de pecado sexual. Las cartas subsecuentes del Apóstol Pablo muestran que él se esforzó por inculcar los principios acordados a sus cargos del mundo gentil sin hacerlo en una manera que subyugara o que violara sus conciencias. En I Corintios 10:27-33 el Apóstol da instrucciones relativo a lo sacrificado a los ídolos de la siguiente manera:

Si algún incrédulo os invita, y queréis ir, de todo lo que se os ponga delante comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia. Mas si alguien os dijere: «Esto fue sacrificado a los ídolos»; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia . . . .  La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro . . . .  Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios.
Y relativo a los que vivieran una vida inmoral escribe:
Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios . . . . Mas bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón, con el tal ni aun comáis (1 Corintios 5:9-11).

     Pero la controversia judaizante, de todas maneras, no quedó atrás; sino hallamos a Pablo combatiéndola en una forma u otra en muchas de sus cartas y hasta muchos años después. En Romanos él toma a Abraham por ejemplo mostrando que la bendición de Dios es igualmente para los creyentes incircuncisos como circuncisos:

¿Es, pues, esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión? Porque decimos que a Abraham le fue contada la fe por justicia. ¿Cómo, pues, le fue contada? No en la circuncisión, sino en la incircuncisión. Y recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado (Romanos 4:9-12).
Así Pablo da eco a lo que había dicho en Gálatas, «Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham» (Gál. 3:7).

     En Colosas también había cierta índole de influencia judaizante, mezclada con ideas filosóficas raras, molestando la iglesia. «Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas . . .», comienza el Apóstol, dirigiéndose a los colosenses; y luego recalca que la verdadera circuncisión se recibe por fe en el Mesías, no por manos humanas. Les recuerde a estos creyentes de cepa gentil que ellos habían estado muertos en sus pecados y en la incircuncisión de su carne. Pero al creer en el Mesías y ser unidos con él, por medio de su muerte fueron «también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó al Mesías de los muertos». Luego, sacando conclusión de la unión del creyente con aquél para resurrección a nueva vida, dice, «Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo». Pues la vida del Mesías tenemos por unión con él, y esta unión es por medio de la fe (Colosenses 2:8-19).

     En la carta de Pablo a los Filipenses también le hallamos advirtiendo contra la influencia de los judaizantes. Les comunica a los destinatarios de la carta, «Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de los mutiladores del cuerpo. Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en el Mesías Jesús, no teniendo confianza en la carne» (Filipenses 3:2-3). Es probable que «los perros», «los malos obreros» y «los mutiladores del cuerpo» son tres maneras de referirse a un sólo grupo —los judaizantes—. No es que la circuncisión en sí es desechada; pues Pablo le hizo una circuncisión a su ayudante Timoteo quien era hijo de una madre judía. Pero el imponer la circuncisión en los creyentes de procedencia gentil es presentado por Pablo como una mutilación sin sentido. Porque viene a ser una negación de su justificación por fe en la muerte y resurrección del Mesías. Pablo siempre identifica la obra de judaizar a los hermanos gentiles como una maldad. Así que cuando llama a aquellos que lo hacen «malos obreros» da eco a lo que dice de éstos en otras de sus epístolas (Gálatas 1:8, 9; II Corintios 11:13). Y en Gálatas como menciona también aquí en Filipense, Pablo parece dibujar el cuadro mental del perro cuando les advierte a los creyentes, «Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros» (Gálatas 5:15).

     Podemos concluir, entonces, que la imposición de la ley de Moisés sobre los gentiles con énfasis especial en su distintiva, la circuncisión, fue desechada por el apostolado de la iglesia del primer siglo. En el Concilio de Jerusalén, tratado en el capítulo 15 de los Hechos, hallamos tanto a Pedro como a Pablo como a Jacobo expresando consenso y acuerdo sobre el asunto. La razón detrás de lo concordado tiene que ver con la índole de la justificación alcanzada por medio del Mesías. Como Pedro lo expresó, «Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos» (Hechos 15:10, 11).

     Si el consenso del liderazgo de la época apostólica y el consejo de la Escritura relativo a las actitudes y doctrinas judaizantes son claros, deben haber principios que podamos divisar en este asunto que arrojen luz sobre nuestra actualidad en los caminos de la fe. En la influencia judaizante documentada en las páginas del Nuevo Testamento vemos un intento a imponer ciertos ritos y prácticas culturalmente ajenas sobre personas que habían aceptado el mensaje acerca del Mesías. Eran ritos y prácticas que los que las imponían consideraban esenciales para todo integrante de la congregación del Mesías pero que, en realidad, no lo eran. Y no lo eran a la luz de un acontecimiento que los trascendía en importancia, la inmolación y resurrección del Mesías. Es la fe en este acontecimiento trascendental que obra justicia en todo creyente por la gracia de Dios, y le libra de tener que adoptar ritos o prácticas foráneas como medio de justicia para con Dios. Es un principio que tiene tanto su válida aplicación hoy como en la época apostólica.

     Más que nadie, personas judías de la actualidad deben entender que la obra misionera habría de respetar la etnia y las costumbres sanas de los pueblos evangelizados. Pues la queja más oída de parte de personas judías en contra de los misioneros cristianos ha sido que éstos quieren quitarles su judaísmo. Esta queja puede ser, en parte, una retórica con el propósito de desalentar toda comunicación que llevaría al judío a creer en el Nazareno; pero podría también encerrar preocupaciones legítimas de índole cultural.

     Aunque no siempre se ha logrado, el principio de proporcionar libertad en el Espíritu Santo a los de otra cultura que se convierten es un principio generalmente reconocido como válido en círculos misioneros. En su libro A Biblical Theology of Missions (Una teología bíblica de las misiones) George W. Peters comenta relativo al evangelio frente a las culturas en los términos siguientes:

El evangelio es supracultural porque es sobrenatural tanto en su origen, como en su naturaleza, su propósito, su destino y su meta. Ordenes eclesiásticas y religiosas, en sí, son instituciones humanas. Pueden ser la ropa en que el evangelio se viste, pero no pertenecen a la naturaleza del evangelio. Por ende, no nos interesa el exportar las formas y patrones eclesiásticos teológicos y religiosos, sean éstos occidentales, orientales, latinos o africanos. Nuestra encomienda es de proclamar las buenas nuevas de nuestro Señor Jesús el Mesías que trascienden tanto toda cultura como también cualquier regionalismo (G. W. Peters, A Biblical Theology of Missions [Chicago: Moody, 1972] p. 316 [traducido]).
Estos sentimientos no son conceptos nuevos; son los mismos principios que se aplicaron para solucionar la controversia judaizante del primer siglo.

     Al reconocerlos como principios válidos, queda patente que el judío que acepta al Mesías no tiene que dejar de ser judío, y tampoco el gentil que se convierte tiene que adoptar costumbres judías para ser acepto como hermano e integrante en plena comunión del pueblo de Dios. Pero con afirmar esto no hay que perder de vista que al que cree —sea judío o gentil— Dios ha comenzado en él una obra que afectará y transformará lo más profundo de su ser.

Cuando el Mesías entra en una cultura, ésta no quedará igual. La presencia de Él constituye la transformación divina. Él es el poder de Dios. Él es sabiduría, justicia, santificación y redención. El Mesías [al estar presente] no dejará sin afectarse ninguna relación ni cultura. Aunque no santificará todo ni endosará todas las cosas, ni tampoco destruirá todas las cosas. Todas las cosas Él las hace nuevas (Ibid.).

     Puesto que es Dios que salva por su poder y su gracia por medio del Mesías, un respeto profundo por lo que Dios está haciendo es la actitud que nos conviene a todos frente a su obra. Si no reconocemos esta obra quedaremos siempre ajenos a la vida de Dios y a lo que él está haciendo. Si le agregamos a esta obra, nuestros esfuerzos serán como las obras muertas que pueden poner en peligro de hundirse la misma nave que adornan. Si substituimos otros medios de justificación por la obra perfecta del Mesías, quedaremos en peligro de la perdición de nuestras mismas almas y de caer bajo el anatema que el apóstol Pablo pronunció sobre los que predican «otro evangelio» (Gálatas 1:6-9).

     Cabría, entonces, cuidarnos de actividad judaizante aún en la actualidad. Y de la misma manera cabe cuidarnos de toda actividad, enseñanza o influencia que quisiera, por razones religiosas, imponer valores culturales ajenos sobre los hermanos. Es, pues, por fe en la obra completa y perfecta del Mesías que han hallado reconciliación y justificación para con Dios. Ni al judío ni al gentil le gusta pagar las cosas sobre precio. Y si Mesías ha pagado el precio completo de nuestra reconciliación con Dios, cualquier precio adicional constituye una mordida —un sobreprecio no autorizado.

     Como en la época cuando la controversia judaizante primeramente surgió, la cuestión candente de este asunto también hoy es ¿a quién se extiende la comunión en el Mesías? Pablo correctamente reconoció que el rompimiento de comunión que resultó cuando creyentes judíos se retrajeron de comer con los creyentes gentiles constituía acción de índole judaizante (Gálatas 2:11-16). Otras manifestaciones de esta actividad incluían el negar que fueran salvos los creyentes incircuncisos (Hechos 15:1) o de juzgar a los creyentes «en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo» (Colosenses 2:16). El principio que la Biblia pone dicta tolerancia hacia lo que pueda ser la convicción o costumbre del hermano.

Él que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido. . . . Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. . . . Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano (Romanos 14:3, 5, 13).
El consejo del apóstol Pablo, entonces, es que tengamos tolerancia por las convicciones personales de los hermanos y por sus prácticas en asuntos no esenciales a la vida en el Mesías.

     Y relativo al distintivo de la controversia judaizante, la circuncisión, también nos da consejos muy prácticos.

Pero cada uno como el Señor le repartió, y como Dios llamó a cada uno, así haga; esto ordeno en todas las iglesias. ¿Fue llamado alguno siendo circunciso? Quédese circunciso. ¿Fue llamado alguno siendo incircunciso? No se circuncide. La circuncisión nada es y la incircuncisión nada es, sino el guardar los mandamientos de Dios. Cada uno en el estado en que fue llamado, en él se quede. . . . Cada uno, hermanos, en el estado en que fue llamado, así permanezca para con Dios (I Corintios 7:17-24).
Son éstos buenos consejos aún para nosotros hoy. Pues Dios no requiere, ni pide que cambiemos de etnia sino que cambiemos de corazón. El tomar sobre nosotros diferentes costumbres no nos recomendará a Dios si no son las que nacen del cambio que su Espíritu hace en el corazón del que cree en el Mesías.


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