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Mujeres en ministerio:Un estudio de las pautas novotestamentariasa la luz de su fondo histórico-culturalpor David L. MooreIntroducciónHay muchas consideraciones que entran en la cuestión de las mujeres en ministerio. Una de las más fundamentales trata de las actitudes corrientes en nuestra sociedad acerca de la masculinidad y la femenidad. Este escrito no propone un análisis de estas actitudes en sí. Sin embargo, conviene que definamos desde el principio la posición que asumiremos frente a ciertos movimientos y fenómenos sociológicos que influyen en este campo a principios del siglo XXI. Desde hace tiempo el machismo ha sido una actitud ampliamente regada entre los pueblos latinoamericanos, y en ciertas comunidades hasta constituye un muy arraigado aspecto de la cultura. Aunque el machismo puede manifestarse en una noble y valiente abnegación frente a cualquier peligro o amenaza, la actitud que comúnmente fomenta hacia las mujeres es poco deseable y causa de muchos problemas. Pues a menudo, por actitudes machistas, se desprecian a las mujeres, y sus aspiraciones son desestimadas en una manera que sujeta todo al capricho del hombre. En parte en reacción a este aspecto del machismo, durante el siglo pasado, y especialmente desde la década de los 60, ha surgido un movimiento feminista que pretende corregir injusticias crónicas y avanzar los intereses del género femenino. Este movimiento ha logrado hacer consciente la sociedad acerca de asuntos que afectan a las mujeres. Sin embargo, el éxito del feminismo ha sido limitado por la enajenación que produce entre los géneros. Pues su modo de entender la relación entre los hombres y las mujeres enfoca la competencia entre los sexos por verles contrariados entre sí en sus intereses más básicos. Esta manera de encuadrar problemas entre los géneros lleva a una profunda desconfianza y al rechazo de actitudes que tienden hacia la cooperación. La tensión entre el machismo y el feminismo nos afecta, en uno u otro grado, a todos. Y la iglesia tampoco queda exenta de estas corrientes sociológicas y las tensiones que ellas producen. De un lado, hay la tendencia de excluir a las mujeres de ciertos puestos y ministerios: del otro lado, la tendencia de reclamar para la mujer un trato igual al de los hombres al punto de ignorar, o hasta procurar borrar las diferencias entre los hombres y las mujeres.1 Estas posiciones tampoco se prestan a resolverse en una síntesis aceptable puesto que representan los intereses cruzados de los dos géneros en una manera que al ganar uno, pierde el otro. Puesto que el asumir cualquiera de estas dos posiciones suscita conflictos con la otra, y puesto que estos no se resuelven por los propósitos cruzados de las dos posiciones, habremos de buscar la solución a la cuestión de la mujer en ministerio partiendo de otras bases. La Biblia reconoce y bien define la diferencia entre los dos sexos. Sin embargo ve al hombre y la mujer como complementarios entre sí, y en este sentido, unidos en sus intereses.2 Así que cualquier intento de resolver asuntos en la iglesia acerca de ministerio del hombre o de la mujer, si pretende ser bíblico, habrá de ser enfocado en una manera que tenga bien en cuenta esta unidad. Por ende, estas consideraciones regirán en el escrito presente; y el cuadro bíblico de una humanidad en dos géneros cuyos intereses están estrechamente ligados no será dejado de lado. Las razones que urgen este escrito son las cuestiones que suelen surgir alrededor del tema del ministerio de la mujer. Desde un punto de vista práctico, se precisa llegar a un consenso sobre si es legítimo, o hasta qué punto es legítimo que la mujer cristiana ejerza ministerio plenamente en los campos y oficios de la obra del Señor. La ampliamente difundida posición de la iglesia católicorromana mantiene que las mujeres están excluidas del ministerio pleno porque los doce apóstoles del Señor eran todos hombres. Algunos han levantado objeción a esta posición señalando que si vamos a excluir del ministerio grupos que no fueron representados entre los doce apóstoles, también se podrían excluir a los gentiles, porque cada uno de los doce era judío.3 Considerando que la posición católicorromana es un argumento de silencio puesto que se basa en lo que no se dijo —o en este caso, lo que no se practicó— estaremos buscando razones de más sustancia relativo a las Escrituras. Generalmente, las iglesias protestantes han sido más abiertas que la católica a la posibilidad del pleno ministerio de la mujer. Y en Latinoamérica, que es el área que enfoca este estudio, las iglesias pentecostales han sido las más abiertas entre los protestantes en otorgar reconocimiento a las mujeres en ministerio.4 Pero aun entre estos grupos la práctica actual en algunas naciones limita su ministerio. María E. Gómez, en un ensayo parcial de las Asambleas de Dios en América Latina nombra ocho obras nacionales que actualmente otorgan a mujeres que califican plena ordenación con todos los privilegios.5 Pero, por lo menos, un concilio nacional de esta misma obra oficialmente limita a las mujeres en ministerio.6 En México la constitución nacional de las Asambleas de Dios dice que ordenación al pleno ministerio está abierta a mujeres que califican. Sin embargo se sobreentiende en la práctica que no se les permite oficiar bautismos ni casar. Y según algunos no deben oficiar la Santa Cena ni realizar presentaciones de niños —aun siendo pastoras de iglesia— sin ayuda de hombres diáconos.7 Además, en algunos países que hacen el ministerio pleno disponible a las mujeres, conversaciones del que escribe con mujeres ministros indican que actitudes no oficiales pero prevalecientes a menudo limitan en algún sentido sus ministerios. Entre otros, como la Iglesia Evangélica Pentecostal de Cuba (Asambleas de Dios), aunque actualmente existen ciertos límites al ministerio de la mujer, están en el proceso de realizar un estudio a fondo de las pautas bíblicas referente al tema a fin de asegurar regirse en ello conforme a la Palabra. Puesto que, aparte de la posición católicorromana mencionada arriba, la justificación de que las mujeres sean marginadas del ministerio a menudo se basa en textos específicos del apóstol Pablo, estos serán considerados algo detalladamente. Los textos referidos son pasajes que hablan de la subordinación de la mujer en la iglesia y que requieren en ciertas situaciones su silencio. Un estudio de estos textos tomando en cuenta su contexto tanto bíblico como histórico-cultural aclara mucho las razones que habrían movido al Apóstol a tratar estos temas. Un reconocimiento de estas razones y una consideración del sentido de estos pasajes entendidos a través de su contexto nos ayuda en poder aplicar sus enseñanzas legítimamente a nuestra época. Es la tesis de este escrito que estos pasajes, considerados de esta manera no justifican la subordinación de las mujeres a los hombres en sentido general, y tampoco justifican que mujeres llamadas y preparadas sean marginadas de ministerio en la iglesia. Además de dar constancia de esta tesis, sugeriremos algunos pasos positivos que se puedan tomar hacia un trato, a su vez, considerado, equitativo, y bíblico para con las mujeres en la obra del Señor. Posición cultural de la mujer en la cuenca del mediterráneo alrededor del primer siglo d.C.Uno de los factores claves en la interpretación de textos de la antigüedad es el fondo histórico-cultural. Conocimiento de este factor provee un contexto que puede ayudar a entender cómo los primeros destinatarios del texto lo habrían entendido. Los escritos del Nuevo Testamento que contienen la información que estaremos considerando provienen de un período comprendido entre 47 d.C. y el fin del siglo primero de nuestra era. Así que es esta época en el área mediterránea que nos interesa. Las culturas comprendidas en esta región y época son la hebrea principalmente en Palestina, y la griega en las regiones fuera de Palestina. Otros factores son la cultura judaica de la diáspora y la cultura romana que pertenecía especialmente a los gobernantes y ejércitos de ocupación en estas regiones.8 Datos que provienen de esta época serán también complementados con información proveniente de las mismas culturas durante tiempos cercanos. Puesto que es la situación de la mujer en estos ámbitos culturales que más nos interesa, nuestra indagación se concentrará en aspectos de la cultura que tienen que ver con ellas. Uno de los valores culturales que más afecta la mujer en cualquier sociedad tiene que ver con las actitudes hacia el matrimonio y lo que se espera de la mujer en él. Un contrato de matrimonio hallado entre los papiros encontrados en Egipto durante el siglo pasado y que data de 13 a.C. aporta un cuadro del matrimonio en la cultura griega de Alejandría de aquella época. Después de tratar formalidades preliminares y al haber especificado el dote que sería aportado de la casa de la novia (ella puede haber sido huérfana puesto que es representada por un tutor), el contrato sigue así: Desde ahora Apolonio hijo de Ptolomeo proveerá, según sus posibilidades, a Termiona como su legítima esposa todo lo que ella necesite en comida y ropa, y promete no maltratarla ni expulsarla ni insultarla ni agregarse (gr. episagein) otra esposa, o de otra manera tendrá que entregar de inmediato el dote con la mitad de su valor añadida.... Termiona cumplirá sus responsabilidades hacia su esposo relativo a su vida en común y no dormirá en otro lugar ni se ausentará de la casa durante el día sin el conocimiento de Apolonio.... Tampoco Termiona deshonrará ni acarreará daño al hogar común de ellos, ni saldrá con otro hombre. Y si ella sea culpable de cualquiera de estas acciones, después de ser juzgada y comprobada la falta, será desprovista del dote, y además el culpable será expuesto a ser multado.9 Aunque Alejandría no está en Asia menor a donde fueron dirigidas las epístolas de Pablo que luego consideraremos sobre este asunto, se puede decir con seguridad que desde la época de los reyes Ptolomeos en Egipto, la cultura de Alejandría conformaba a la cultura común griega que también regía en este tiempo en Asia menor. El cuadro cultural de la situación de la mujer que nos proporciona este contrato de matrimonio trae para este estudio varios puntos de especial interés. En primer lugar, vemos que la mujer pudiera traer ciertas expectaciones al matrimonio. Sus necesidades para la vida debieran ser provistas por su esposo según las posibilidades de éste. También podía reclamar un trato digno y considerado. Especialmente odioso para uno de la cultura griega en la antigüedad —sea hombre o mujer— era ser tratado con jubris, cuyo equivalente en español sería algo como «insolencia» o «en una manera insultante». En el contrato, el hombre ha prometido que no la tratará así (empleándose el verbo griego correspondiente, jubridzo).10 Ella, a su vez, además de ser responsable de cumplir para con su esposo en asuntos de «su vida en común» promete específicamente no traer deshonra11 ni daño a su hogar. En otro contrato de matrimonio de los papiros egipcios que data de 92 a.C., la esposa también promete no causar que su esposo sea deshonrado (gr. aisjúnesthai)12 por ninguna acción que pueda traer deshonra sobre un hombre. Este valor importante de la honra del esposo y del hogar relativo al comportamiento de la mujer será visitado de nuevo cuando consideramos pasajes del Nuevo Testamento. Las limitaciones sobre sus movimientos de que son sujetas las mujeres en estos contratos matrimoniales muestran que, en general, vivían considerablemente más enclaustradas que las de nuestra sociedad actual. Las griegas, tal vez por la costumbre oriental, tenían tendencia de guardarse más enclaustradas que mujeres de otros grupos de aquel entonces.13 Plutarco (ca. 46 - 120 d.C.), ensayista y biógrafo griego opinaba que el guardar silencio y guardarse en casa son dos aspectos ligados de la virtud de una esposa.14 Filón (ca. 20 a.C - 50 d.C.), filósofo judío alejandrino que en muchos aspectos se ajustaba a la cultura griega, opina que las mujeres debieran quedarse adentro y evitar involucrase en asuntos que no tuvieran que ver con el manejo de sus casas.15 Las hebreas, aunque lejos de emancipadas según las normas de nuestra sociedad, habrán tenido algo más de libertad que las del mundo griego. Por lo menos, acostumbraban a atender asuntos como salir al público para buscar provisión para su casa.16 Y la libertad comparativa que disfrutaban se nota en el testimonio de los evangelios relativo a las mujeres que seguían el ministerio de Jesucristo tanto para aprender sus enseñanzas como también para apoyar materialmente su ministerio (Lu. 10:38-42; 8:1-3). El efecto del cristianismo primitivo sobre la posición de la mujerA pesar de la ventaja relativa que gozaban las hebreas comparadas con mujeres de la cultura griega, durante la época que contemplamos —por lo menos hasta el año 70 d.C.— la mujer hebrea era marginada de la vida religioso-ceremonial del judaísmo.17 En el culto del templo ninguna mujer podía entrar en el lugar santísimo; pues esto sólo tocaba al alto sacerdote que siempre era un hombre. Tampoco tenían acceso al lugar santo; sólo los hombres sacerdotes entraban allí. Tampoco entraban en el predio de los sacerdotes donde se realizaban los sacrificios, aunque los hombres que no eran sacerdotes sí podían entrar allí en días especiales. Eran también excluidas del predio de Israel donde podían estar los varones israelitas. Tenían, más bien, un lugar designado llamado predio de las mujeres que era un poco más bajo que el de los israelitas y un poco más alto que el de los gentiles.18 A la luz de estas realidades es fácil ver cómo la declaración de Jesucristo, «Créeme que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.... Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Juan 4:21-23), habría resonado especialmente para con la mujer con quien Jesús hablaba. Pues era marginada del culto del templo tanto por ser samaritana como también por ser mujer. Jesús le estaba proclamando una nueva época que sería de un alcance más inclusive porque la relación espiritual con Dios tomaría precedencia sobre otras consideraciones que ahora le mantenían a ella alejada. La actitud reinante entre los judíos hacia las mujeres en la época cuando Jesús entró en la escena es reflejada en las enseñanzas rabínicas del Talmud. Aunque estas fueron codificadas en tiempos posteriores, constituyen, en muchos casos tradiciones que remontan hasta los tiempos bajo consideración.19 Reflejan una cultura en que un maestro rabínico podía decir a sus pupilos, «No hablen mucho con mujeres».20 Un tal Judá, rabino prominente del primer siglo, instruía a recitar, en el culto diario, agradecimiento a Dios de que uno no había sido creado ni gentil ni mujer ni analfabeto [sic].21 En el Talmud de Jerusalén también se lee que es mejor quemar las palabras de la Torah que entregarlas a una mujer.22 Tanto en el ministerio de Juan el Bautista (Mat. 21:32) como en el del Señor mismo, vemos otra actitud hacia las mujeres. En el caso de Cristo, la diferencia es especialmente marcada. Jesús admitía a mujeres entre el círculo mayor de sus discípulos. Cuando María se sentó a los pies de Cristo estaba tomando la posición de discípula aprendiz de sus enseñanzas. Al protestar Marta porque su hermana le había dejado servir sola en las labores tradicionales de las mujeres, el Señor afirmaba la decisión tomada por María. Pues declaró que ella había escogido la buena parte y que no le sería quitada (Lu. 10:42). ¡Qué diferente esto de lo que el Rabino Eliezer dijo a una prosélita estudiosa, «No hay sabiduría en una mujer excepto del [trabajo de ella]»!23 Las enseñanzas del Señor también toman en cuenta la dignidad de las mujeres como personas. Un hombre de palestina del tiempo de Jesús podría divorciar a su esposa por prácticamente cualquier razón. Josefo, historiador judío de esta época, explicando el judaísmo a sus lectores dice, «Quien quiere divorciar la esposa que vive con él, por cualquier causa, —pues entre mortales muchas causas tales pueden surgir— tiene que certificar por escrito que no volverá a convivir con ella» (énfasis añadido).24 La interpretación que Josefo da aquí a Deut. 24:1 parece reflejar el sentir prevaleciente entre judíos de la época.25 Aunque el divorcio en aquel tiempo a menudo exponía a la divorciada al desamparo económico entre otras dificultades, la escuela rabínica de Hillel mantenía que la mujer podía ser divorciada hasta por dejar quemarse la comida. Jesús se declaró en contra del divorcio, diciendo que habiendo Dios unido a los cónyuges, ningún ser humano debiera intentar contra su unión.26 Al tomar esta actitud daba apoyo moral a que la mujer tenía derecho a un trato respetuoso y digno y que estos valores no podían abrogarse por el capricho de su esposo. Otro asunto en el ministerio de Jesucristo en que vemos una actitud hacia las mujeres que va en contra de la actitud común de la época es el entrego de mensajes importantes a ellas. La mujer samaritana del capítulo 4 de Juan sirve bien de ejemplo. Vemos la actitud común hacia las mujeres en la reacción de los discípulos cuando vienen de la ciudad y encuentran al Señor hablando con ella. La Escritura dice, «Se maravillaron de que hablaba con una mujer» (Juan 4:27).27 Pero el Señor seguía conversando. Y cuando ella sale hacia la ciudad dejando su cántaro al lado del pozo, Jesús rehusa la comida que los discípulos han traído, manteniéndose en ayunas, preparado para predicar del reino de Dios a los que el testimonio de ella traerá de la ciudad. También es de remarcar que los primeros testigos de la resurrección eran mujeres. No es de sorprenderse que los discípulos no las creyeran inicialmente (Lu. 24:10s.). Pues el testimonio de una mujer —junto con el de un niño o de un esclavo— generalmente no era admisible en una discusión legal.28 La primera crítica pagana del cristianismo que apareciera en forma escrita, alrededor del año 175 d.C., pinta la resurrección de Cristo como dudosa porque la constancia del hecho depende de testimonio de una mujer.29 La elección de Jesucristo a presentarse primero a mujeres testigos luego de su resurrección habrá de tener su significado, y debe ser entendido a la luz de un fondo cultural que restaba importancia al testimonio de ellas. Después de la resurrección la actitud de aceptación hacia las mujeres que el Señor mostraba continuaba en la iglesia. Así que hallamos un número de mujeres, incluyendo a María la madre de Jesús, unánimes con los discípulos en el Aposento Alto en oración (Hech. 1:14) esperando el derramamiento del Espíritu Santo. Al levantarse Pedro para hablar en el día de Pentecostés, explica el fenómeno del bautismo en el Espíritu Santo citando al profeta Joel, «En los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán.... Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán» (Hech. 2:17s.). Las mujeres son incluidas en la porción profética que Pedro cita. Puesto que el judaísmo del tiempo apostólico marginaba a las mujeres como hemos visto, y suponiendo que mujeres integraban a los que fueron bautizados en el Espíritu Santo el día de Pentecostés, como aquí hemos notado, el mensaje profético citado por Pedro es muy significativo para este estudio. Al poner nuestra atención en el ámbito de los judíos de cultura griega, hallamos testimonio bíblico de que habían mujeres activas en el ministerio de la iglesia durante la época apostólica. Felipe el evangelista, uno de los siete diáconos de habla griega (Hech. 6:1-6), tenía cuatro hijas vírgenes quienes profetizaban (Hech. 21:8s.). Priscila, en compañía con su esposo Aquila, al venir de Roma trabajaba en la obra junto con él entre los gentiles de Asia Menor. A menudo su labor era en apoyo al ministerio y en cooperación con la del apóstol Pablo. Es especialmente interesante lo de Priscila, puesto que, en las seis menciones de ella y su esposo, cuatro veces el nombre de ella va primero indicando que, de alguna manera, era la más prominente de los dos (Hech. 18:18, 26; Rom. 16:3; 2Tim. 4:19). Y cuando Priscila y Aquila tomaron aparte a Apolos para exponerle «más exactamente el camino de Dios», el pasaje nos hace entender que tanto Priscila como Aquila eran activos en el asunto (Hech. 18:24-26). Otra pareja que Pablo menciona como «ilustres entre los apóstoles»30 son Andrónico y Junia (Rom. 16:7). Estaban presentes en Roma al enviar el Apóstol su epístola a esta ciudad, y por la manera en que Pablo les saluda, se sobreentiende que estaban activos en ministerio allí. El papel de la mujer en el matrimonio y en la familiaAl considerar lo que se dice de la mujer en las epístolas de Pablo, conviene considerar con algo de detalle su lugar en el matrimonio y en la familia. Pues este aspecto de su papel en la sociedad influye mucho en el cuadro histórico-cultural relativo a la mujer, y también es una consideración importante en lo que Pablo dice referente a ella. Primeramente habríamos de considerar que la «casa» como la hallamos referida en escritos de esta época no era necesariamente lo que actualmente entendemos por este vocablo. Una de las instituciones más fundamentales de la sociedad greco-romana era la casa o familia (gr. oikos, lat. domus). Abarcados en esta unidad eran los miembros de la familia principal que fueran dueños de la casa y comúnmente otros como jornaleros que trabajaban en las empresas de la casa, libertos que ya no eran esclavos pero que en alguna manera dependían de ella, esclavos de la casa, inquilinos y a veces personas que eran socios de los dueños en alguna empresa u oficio que se realizaba en ella.31 En esta misma capacidad trabajó Pablo con Aquila en su oficio de «hacer tiendas» (Hech. 18:2-3).32 Se nota, entonces, que la «casa» referida en el Nuevo Testamento podría tratarse de toda una comunidad de personas relacionadas en varias maneras las unas para con las otras. Y lo más probable es que en los pasajes siguientes, lo que se contempla es un oikos de esta índole: la casa de Cornelio mencionada en Hechos 10:2 y 11:14; casa de Lidia en Hechos 16:14; la del carcelero de Filipos en Hechos 16:31-34; la casa de Crispo mencionada en Hechos 18:8; la casa de Aquila y Priscila en Romanos 16:3-5 y 1 Corintios 19:19; casas de Aristóbulo y de Narciso en Romanos 16:10, 11; la casa de Cesar que seguramente incluía muchísimas personas se menciona en Filipenses 4:22; y la de Ninfas en Colosenses 4:15. En 2 Timoteo 2:20 tenemos una ilustración referente a «una casa grande» de esta índole; y la casa de Filemón obviamente incluía a otros que no integraban su familia inmediata además que Onésimo (Filemón 1-2). Puesto que la «casa» referida parecía una empresa o una comunidad, el manejo y la organización de la misma era asunto de interés e importancia. Desde el tiempo de Aristóteles el manejo adecuado de los elementos que componen una «casa» se ha considerado asunto digno de estudio por los filósofos y moralistas griegos.33 Los elementos fundamentales eran tres: los esclavos y servientes, los hijos, y la esposa. Aristóteles, por ejemplo inicia palabras sobre el código de la casa así: «Las partes primeras y más fundamentales de una familia son amo y esclavo, esposo y esposa, padre e hijos. Por ende tenemos que considerar cómo cada una de estas relaciones debiera ser».34 La casa y su buen manejo tenía una importancia tal entre los maestros seculares de la ética griega que hasta ligaban la estabilidad del estado-ciudad al manejo responsable de las casas.35 Al entender lo importante de la casa y su buen manejo para la cultura en la cual Pablo ministraba, no es de sorprenderse que refería también estos mismos valores en sus comunicaciones. En Tito 2:1-10 enfoca las responsabilidades hacia otros con la mira hacia el buen funcionamiento de las casas que los miembros de la iglesia integraban.36 El cristianismo traía muchas influencias libertadoras y de igualdad; pues el apóstol Pablo podía decir, «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál. 3:28). Sin embargo, estas influencias libertadoras no se expresaban en términos de rebeldía contra las autoridades establecidas (Rom. 13). Jesucristo había dicho, «Mi Reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían...; pero mi reino no es de aquí» (Juan 18:36; véase también Mat. 5:31; 22:15-21). Pablo perpetuaba estos valores del Señor con enseñar y mantener una actitud de acato hacia el gobierno y a toda autoridad aun al nivel de la casa y la familia. Una de las preocupaciones de Pablo, reflejada a menudo en sus epístolas, era que los cristianos mal interpretaran su libertad en Cristo. Pasajes como Tito 2:1-10, y otros pasajes que luego consideraremos, reconocen y reafirman las líneas establecidas de autoridad a todos los niveles. Aunque en la iglesia un esclavo podía tener una posición clave en comparación con la de su amo (Gál. 3:28), según el esquema que presenta Pablo (1 Tim. 6:1-2), esto no le autorizaba hacer caso omiso a las instrucciones de su amo referente a responsabilidades de la casa y de sus negocios.37 Las esposas de los amos y otras mujeres que integraban las casas de los cristianos a quienes Pablo dirigió sus epístolas también tenían su lugar apropiado en la economía de sus respectivas casas. Al tratar los pasajes relativos a la mujer y las instrucciones apostólicas a ellas, veremos cómo consideraciones que tienen que ver con el manejo de las casas influye en lo que el Nuevo Testamento dice y en cómo nosotros debemos de entender lo que dice. Cuestiones relativo a la «cabeza» y la relación esposo-esposaAl tratar el Nuevo Testamento la relación entre esposos y esposas, relativo a la manera de relacionarse el uno a la otra, surge la cuestión del sentido del vocablo «cabeza». Pasajes en que este vocablo figura en cuanto a la relación entre los cónyugues son 1 Corintios 11:3-16 y Efesios 5:21-33. Luego que apareciera en 1954 el escrito de Stephen Bedale «The Meaning of kefalé in the Pauline Epistles» (El sentido de kefalé en las epístolas paulinas), se ha enfocado mucha atención en el sentido de esta palabra que se traduce «cabeza» en español. Bedale, a base de un estudio de la literatura griega halló que presente y prominente en el sentido de kefalé es el sentido de «origen fontanal». Sin embargo, él admitía que en los escritos de Pablo tanto el sentido de «autoridad» como también «origen fontanal» estaban presentes.38 Pero hay comentaristas posteriores que, tomando la pista de Bedale, han querido mantener que, en los pasajes que tratan la relación de cónyuges, kefalé quiere decir origen fontanal y que no tiene implicaciones de autoridad.39 En Efesios 5:23 Pablo escribe, «Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia». Es el contexto de este pasaje especialmente que nos ayuda a entenderlo. Efesios 5:21-6:9 incluye instrucciones a personas de varias clases: a esposas (5:22-24), a esposos (vv. 25-33), a hijos (6:1-3), a padres (v. 4), a siervos (vv. 5-8), y a amos (v. 9). Estos grupos de personas, como vimos arriba, corresponden a los grupos mencionados al tratar el buen manejo de las casas. El pasaje, entonces, puede entenderse como instrucciones, que tienen como fin el bien de las casas donde viven cristianos. Pablo enseña que los hermanos deben de actuar en sus casas en una manera que muestre una actitud correcta hacia la autoridad que en ellas exista. Pero en contraste con los filósofos y moralistas griegos y sus códigos de las casas, Pablo describe estas responsabilidades en términos de la vida espiritual de la persona cristiana. El amo, aunque su esclavo estaba sujeto legalmente a su capricho y decisión,40 es llamado a tratarle como aguardando recibir galardón de parte del Señor por haberle tratado con bien.41 Pablo también le llama a recordar que el Señor del amo como también del siervo está en los cielos y que él no juzgará a base de privilegio o posición. El siervo es llamado, entre otras cosas, a servir a su amo como si fuera al Señor mismo que sirviera. A los padres, les llama a criar a sus hijos, no en una manera egoísta sino «en disciplina y amonestación del Señor». Los esposos, aunque bien podrían tratar a sus esposas en una manera despótica según la ley y costumbre de aquel entonces, son llamados a amarlas como Cristo amó la iglesia. Se trata de un amor entregado y completo, mostrando disposición de sacrificarse a sí mismo por el bienestar de la esposa. Es en el contexto de este amor y de una sujeción recíproca (Ef. 5:21) que se le pide a la casada a estar sujeta a su esposo como la iglesia lo es a Cristo. Y es dentro del marco de este cuadro que habremos de entender el sentido de «cabeza» en Efesios 5:23. pues cabeza es un vocablo que, en este contexto, señala posición prominente y autoridad; pero, a su vez es una relación de autoridad informada, influenciada, y regida por el amor de Cristo. Como dice el primer versículo del pasaje (Ef. 5:21), la relación es recíproca en el sentido de cada uno debiendo traer a la relación lo que le toque. Al serviente no le toca las mismas obligaciones que a su amo, sino las que le sean propias. El amo también tiene obligaciones para con el siervo, pero no son todas las mismas que las de éste. Los padres y los hijos tienen obligaciones recíprocas, pero no son las mismas; a cada uno le toca hacer su propio papel. Es responsabilidad del esposo amar según el patrón de Cristo y es la responsabilidad de la esposa de tomar su patrón de conducta de la relación de la iglesia a Cristo. Al someterse los unos a los otros en estas maneras variadas, todos se veían servidos, había un progreso en conjunto. Y la casa, de que todos dependían también prosperaba. Al entender la dinámica de la casa (oikós) en este cuadro, es fácil entender por qué el desacato de parte de un integrante de ella a las pautas establecidas de autoridad podría afectarles negativamente a todos los demás. En Corinto, había una situación que estaba afectando en una manera algo más indirectamente las normas establecidas de las casas individuales. Las mujeres, al tomar parte en los cultos, profetizaban y oraban, actuando en las mismas actividades que los hombres. Algunas, posiblemente por pensar que en Cristo las distinciones entre hombre y mujer ya habían sido dejadas atrás, usaban la costumbre varonil al profetizar o orar, dejando sus cabezas descubiertas.42 Esta falta de observación de las costumbres de la sociedad para las de su género reflejaba deshonrosamente sobre los esposos de ellas (1 Cor. 11:5).43 La manera de expresar este asunto abarcado en Capítulo 11 de 1 Corintios recuerda el lenguaje de Efesios 5:23, porque habla del hombre como cabeza de la mujer. Aquí, como allí el asunto se trata en el contexto de personas casadas.44 Los indicios de que tiene que ver con cónyuges son varios. El lenguaje y las figuras usadas son similares a las de Efesios 5:23 donde claramente se trata de personas casadas.45 La referencia a Adán y Eva encuadra el asunto en términos de una pareja (1 Cor. 11:8-9). La ofensa es a la «cabeza» de la mujer que en este contexto refiere su esposo. Mucho se ha escrito y dicho sobre qué sentido llevaría que la mujer tenga su cabeza cubierta o no en el mundo del Nuevo Testamento. Sin embargo poco se puede decir definitivamente sobre el asunto. Lo que sí sabemos por lo que nos dice aquí es que en aquella sociedad era deshonroso para su esposo, —y por ende para su casa— que ella se descubriera la cabeza mientras oraba o profetizaba. El hecho de que este pasaje se dirija a un problema de mujeres casadas indica que no hay cuestión aquí relativo a la relación de las mujeres en general para con los hombres en sentido general. La preocupación expresada se relaciona con cómo las actividades de las mujeres están afectando deshonrosamente a sus esposos. Especialmente cuando se usa de la mujer relativo a su cabeza, o esposo, el sentido de «gloria» (gr. doxa) en 1 Corintios 11:7 tendría que ver con la idea de «reputación» que la palabra doxa a menudo puede llevar. Lo que este versículo dice es que como lo que el hombre hace puede reflejar sobre la gloria y reputación de Dios (entre los que no le conocen sino por el testimonio de los creyentes), así lo que hace la mujer afecta la reputación de su esposo. Esto implica que el uso de «cabeza» en el sentido figurado que hallamos en vv. 3, 4, y 5 tiene el sentido «representante prominente».46 Y también implica pautas de autoridad, aunque en la esfera limitada de la relación esposo-esposa.47 «Aprendiendo en silencio»Uno de los factores histórico-culturales importantes para la interpretación de 1 Timoteo 2:9-15 es el estado de la educación y preparación para los dos géneros en la cultura greco-romana. La educación de los niños y de las niñas se realizaba en la casa a cargo de la madre y el padre hasta el sexto año. Después de esta edad, la preparación de los niños vino a ser más pública y la de las niñas se realizaba en la casa bajo la tutela de la madre.48 Mientras las niñas guardaban casa y aprendían lo tocante a este entorno, los muchachos asistían a centros donde participaban en el atletismo, lectura, ortografía y música.49 Al comenzar la educación secundaria, podían también aprender gramática, literatura, y retórica entre otras materias. Los que continuaban podrían prepararse también en filosofía, medicina, o arquitectura.50 Aunque uno no puede definitivamente declarar que ninguno de estos campos de estudio estaba jamás disponible para la mujer, sí se puede decir que en general este era el caso. En su «Reglas para esposos y esposas», Plutarco toma por sentado que la mujer viene al matrimonio sin preparación académica.
Es probable que lo que Pablo dice en 1 Timoteo 2:11-12 mandando que la mujer aprenda en silencio tenga mucho que ver con la falta de preparación de las mujeres en aquella sociedad. Pues este mandato se encuentra en un contexto que provee pautas para un culto ordenado y de buen testimonio para con los de otros sectores de la sociedad. En mandarles a las mujeres a aprender en silencio, el Apóstol habría querido evitar el mal testimonio de discusiones a base de preguntas mal informadas en la iglesia. El dictamen similar que se halla en 1 Corintios 14:34-35 vendrá de la misma preocupación, y tendrá el propósito de evitar discusiones de la misma índole. El arreglo de Pablo que si quieren aprender algo que «pregunten en casa a sus maridos» responde también a costumbres de la sociedad de aquel entonces como podemos observarlas en la cita de Plutarco arriba. Lo muy interesante de este pasaje es que se encuentra en la misma epístola donde, por lo dicho sobre la mujer debiendo tener su cabeza cubierta al orar o profetizar (1 Cor. 11:5, 13), se sobreentiende que las mujeres sí hablaban en las iglesias por lo menos en estas capacidades. La proposición de Craig Keener sobre 1 Corintios 14:34-35 toma en cuenta tanto el problema de las preguntas mal informadas como también el mandato del Apóstol a que las mujeres aprendan. Puesto que las mujeres normalmente eran menos preparadas que los hombres en un grado considerable, Pablo propone una solución al problema de término corto y una de término largo. La de término corto es que las mujeres dejasen de hacer preguntas disruptivas; la de término largo es que debieran educarse por recibir enseñanzas en privado de parte de sus esposos (énfasis en el original).52 Otro factor que se debe tomar en cuenta tanto en 1 Timoteo 2:9-15 como en 1 Corintios 14:34-35 es el contexto de la relación esposo-esposa. En el pasaje de 1 Timoteo, hay indicios de que esta relación resalta en el pensamiento del Apóstol al tratar los asuntos que presenta. Evoca, pues, la primera pareja como ejemplo al hacer sus argumentos que las mujeres debieran hacer caso a sus esposos más bien que tratar de enseñarles a ellos o ejercer sobre ellos autoridad (1 Tim. 2:12).53 La palabra en el versículo 11 traducida «sujeción» es jupotagé en el griego. Este vocablo lleva el sentido de una disposición de tomar su lugar apropiado en el designio de las cosas y de la sociedad.54 Y el «silencio» pedido en el versículo 12 (gr. jesuchía) a menudo quiere decir quietud más bien que silencio absoluto.55 Estas consideraciones debieran templar nuestro entendimiento de lo que se está pidiendo de las mujeres en 1 Timoteo 2:9-15. Además habremos de considerar que se trata de instrucciones a mujeres casadas. Esto indica que la quietud y la sujeción que Pablo tiene en mente son las de esposa a esposo en el contexto de la cultura greco-romana del primer siglo. Charles K. Barrett reporta un dicho de Plutarco al efecto que no sólo el brazo, sino también la voz de una mujer modesta no deben ser percibidas en público y que ella debiera sentir vergüenza igual a ser oída que a estar sin ropa suficiente para cubrirse.56 Claro es que estas actitudes son extremas y no corresponden a las de nuestra sociedad. Sin embargo, nos pueden explicar cómo la sociedad de aquel entonces habría visto el hecho de mujeres cristianas ostensiblemente haciendo uso de su libertad en Cristo para hablar en las reuniones con la misma soltura que se acostumbraban los hombres. También nos da una pista del por qué Pablo diría que es indecoroso que una mujer hable en la congregación (1 Cor. 14:35). Pablo está muy al tanto de cuán necesario es que las mujeres, liberadas por su experiencia de vida en Cristo, eviten escándalo innecesario al tener en poco las pautas sociales de aquel entonces. Tenían que proceder con mucha sabiduría al hacer uso de su recién lograda libertad en Cristo.57 Si uno toma en cuenta las realidades histórico-culturales ya presentadas y si también se considera todo lo que la Biblia dice relativo a las mujeres en ministerio, emerge otro cuadro muy diferente que si uno sólo considera los pasajes que hemos presentado hasta aquí interpretándolos sin la luz de su contexto histórico-cultural. El apoyo del Apóstol a mujeres en ministerioAl considerar en una manera más global lo que Pablo dice acerca de las mujeres en ministerio, encontramos una actitud de apoyo hacia ellas, especialmente las que están activas en la obra. Keener ha observado que Pablo recomienda en su ministerio la mayoría de las mujeres que menciona, aunque sólo una cuarta parte de los hombres que nombra.58 Febe a quien Pablo recomienda a los creyentes en Roma (Rom. 16:1) es identificada como diaconisa. Aunque algunos dirían que la palabra griega diákonon aquí refiere a cualquier tipo de servicio,59 Filipenses 1:1 indica que el vocablo podía ser usado durante el tiempo de Pablo como término técnico para nombrar cierto tipo de oficial en la iglesia.60 Por la manera en que Pablo la recomienda a Febe, muchos han opinado que es ella quien llevó la epístola a Roma. Y si es así, la costumbre de aquel entonces dictaba que preguntas que los destinatarios tuviesen acerca de asuntos no tratados directamente en la carta fueran contestadas por ella.61 Están también María, y las mellizas Trifena y Trifosa que Pablo recomienda por haber trabajado mucho entre los hermanos y en el Señor (Rom. 16:6, 12).62 El verbo griego utilizado para señalar su servicio en el Señor (kopiáo) aunque a veces usado en referencia al trabajo físico, es empleado por Pablo en varios contextos similares a los que tenemos aquí para indicar labor de índole espiritual y de ministerio (1 Cor. 16:16; Gál. 4:11; Fil. 2:16; Col. 1:29; 1 Tes. 5:12; 1 Tim. 4:10; 1 Tim. 5:17). Evodia y Síntique son mencionadas entre «colaboradores» del Apóstol y como compañeras de combate con él, presumiblemente en el Evangelio (Fil. 4:2-3). También recomendadas hay mujeres que, a las mejores luces, ministraban junto con sus esposos. Priscila y Aquila reciben reconocimiento de parte de Pablo al él llamarles «mis colaboradores en Cristo Jesús». Y muestra gran aprecio por esta pareja al decir que ellos habían arriesgado sus propias vidas por él y al mencionar que sus acciones habían sido gratas tanto a él como también a todas las iglesias de los gentiles. La recomendación es buenísima, y se trata de personas cuyo ministerio tuvo gran impacto en el buen desarrollo de la obra (p.ej. Hech. 18:24-28). La mención de Junia (Junias en RVR 1960) en Romanos 16:7 ha generado algo de controversia. En el tiempo de los llamados Padres de la iglesia, se tomaba por sentado que la referencia a Junia aquí es a una mujer. Posiblemente se trata de hermano y hermana, pero más probablemente, de integrantes de un matrimonio al servicio del Señor. Juan Crisostomo, por ejemplo, le señala como mujer cuando dice, «¡Cuán grande la devoción de esta mujer que aun sea ella tenida por digna de llamarse apóstol!».63 Una corriente de interpretación más tardía ha tratado de negar que se refiere aquí a una mujer. Algunos han dicho que Iounián, como aparece en el texto griego, habría de ser una forma corta del nombre latino Junianus.64 Sin embargo, no aparece ningún ejemplo de tal forma corta de este nombre en toda la literatura pertinente conocida.65 Es, entonces, mejor entender «Junia» en su sentido más natural como nombre de mujer. También se ha cuestionado el sentido de la frase epísemoi en tois apostolois si querrá decir «señalados entre los apóstoles» o «muy estimados a los ojos de los apóstoles». Ni el uno ni el otro es gramáticamente imposible como interpretación de esta frase en sí. Sin embargo, sería muy lejos de la costumbre de Pablo apelar a la autoridad de otros apóstoles para establecer cualquier asunto (véase Gál. 1:1; 2:6-7; 2 Cor. 11:5; 12:11-12).66 Y tomando en cuenta que «señalado entre los apóstoles» parece haber sido, sin excepción, la manera de entender esta frase entre comentaristas de la época patrística,67 como también creyendo que es la manera más natural de entender el griego en su contexto, adoptamos también esta traducción. La referencia a los apóstoles habrá de referirse al círculo más amplio de los llamados por este término. Encontramos «apóstol» en este sentido en varios lugares en el Nuevo Testamento.68 Incluidos entre este grupo de apóstoles habrían los judíos creyentes quienes vieron al Señor resucitado y que estaban activos en la obra de llevar el evangelio a otros (1 Cor. 9:1). Considerando, entonces, que Andrónico y Junia servían juntos en la obra del Señor, habremos de reconocer que la recomendación que les da Pablo les identifica con él mismo en varias maneras. Les llama sus parientes (si por ser también judíos, o de la misma tribu [Fil. 3:5], o por otra causa no sabemos). Les llama compañeros de prisiones; esto es posiblemente porque habían sufrido prisión por causa de Cristo como le había tocado también a él (2 Cor. 6:5).69 Les llama «señalados entre los apóstoles», así reconociendo su parte y distinguido lugar en la tarea apostólica. Y hasta les colma de un honor que no le tocaba a él: el haber estado en Cristo cuando Pablo todavía era un perseguidor de los cristianos. El hecho de que recomienda a una mujer en estos términos es significativo. Cranfield comenta sobre este versículo, «Que Pablo no sólo incluya a una mujer ... entre los apóstoles sino que diera descripción de ella, junto con Andrónico, como señalados entre ellos es evidencia altamente significativa ... de la falsedad de la ampliamente difundida y terca noción de que Pablo desetimara a las mujeres...».70 ConclusiónPasajes en las epístolas de Pablo como 1 Corintios 11:2-16; 14:34-35; Efesios 5:21-33; y 1 Timoteo 2:9-15 han sido usados por muchos para marginar a las mujeres de ministerios en la iglesia. Las amonestaciones de estos textos a quietud y subordinación de parte de la mujer a menudo han sido tomadas en sentido general sin considerar a fondo las situaciones específicas y el ámbito sociocultural a que fueron originalmente dirigidas. El tomar en consideración estos factores conduce a conclusiones que son mucho más abiertas al ministerio de las mujeres. Al contemplar la posición cultural de la mujer en la sociedad de la cuenca del mediterráneo alrededor de la época apostólica, encontramos una situación substancialmente diferente que la de las mujeres de la actualidad. Las expectaciones en aquella, en sentido general, eran que la mujer se mantuviera enclaustrada con salidas de la casa únicamente con el conocimiento y permiso de su esposo. En parte, este control sobre sus actividades habrá tenido que ver con una preocupación por el honor y la reputación del esposo y de su casa, como podemos observar en contratos de matrimonio de aquel entonces. A su vez, la preocupación por el honor del esposo y de la casa responde a que las «casas» de aquella sociedad eran, en muchos casos, como empresas en las cuales se realizaban las labores y los negocios de la familia. Puesto que el sostén tanto de la familia como también de los servientes y otros agregados a estas casas dependía del buen funcionamiento de ellas como negocio, la debida subordinación también de la esposa era asunto importante por las mismas razones. Aunque las mujeres de Palestina, donde en este tiempo regía la cultura hebrea, parecían gozar algo más de libertad de movimiento y de vida pública que las de la cultura griega, siempre existían limitaciones para aquellas también. Estas más claramente se ven en que las mujeres hebreas eran relegadas a la periferia en lo que tenía que ver con el culto en el templo judío. En contraste a esto, Jesucristo no puso barreras a que las mujeres se acercaran para aprender sus enseñanzas y para que tomaran parte activa en el apoyo a su ministerio. Su énfasis sobre el aspecto espiritual de la verdadera relación con Dios deshacía la exclusión de las mujeres que había adherido al culto en el templo. Esta actitud de exclusión también puede ser notada en las enseñanzas rabínicas de aquel entonces. Que Jesucristo entregara mensajes importantes a mujeres así haciéndolas voceras de proclamaciones claves muestra una actitud mucho mas abierta que la que era corriente concerniente a ellas. Esta actitud más abierta hacia las mujeres no sólo se ve en el ministerio del Señor, sino también en la vida de la iglesia que nació en Jerusalén luego de su crucifixión y resurrección. Los pasajes que hemos considerado que a menudo se citan al negarle a las mujeres la posibilidad de desempeñar ciertos ministerios en la iglesia debieran ser entendidos tomando en cuenta las situaciones de aquel entonces a que fueron dirigidos. Las instrucciones dadas en estos pasajes eran para mujeres casadas y tenían que ver con cómo sus acciones afectaban a sus esposos y sus casas.71 Por ende, no deben de ser tomadas como instrucciones acerca de cómo debe ser el comportamiento de las mujeres en sentido general para con los hombres en sentido general. Queda patente que las costumbres de aquel entonces en el ámbito de la cultura griega regían estrictamente cualquier manifestación pública de la mujer. Tanto el hablar en público como el estar descubierto su cuerpo más que la cuenta podía traer vergüenza tanto para ella como también para su esposo. Pablo veda especialmente las acción de parte de las mujeres que pudieran afectar negativamente la reputación de sus esposos. Esto se debe, en parte a que el esposo en la sociedad griega de aquel entonces funcionaba, en muchos casos, como dueño y gerente de una empresa que se constituía de su casa o oikós. Puesto que la esposa integraba también esta agrupación, su subordinación al esposo respondía, no sólo a razones culturales sino también a razones económicas y de buen orden en lo que tiene que ver con este aspecto de la sociedad. Muchas de las costumbres antiguas referidas en este escrito han sido dejadas atrás. Las mujeres de nuestra sociedad, hablando generalmente, no están enclaustradas, no están más limitadas para moverse o hablar en público que los hombres. El tener una mujer el brazo o la cabeza descubierta en público no conlleva implicaciones negativas como en la sociedad de aquel entonces. Las casas nuestras mayormente no constituyen empresas de negocio, sino agrupaciones familiares donde la disciplina que existe es familiar, más bien que empresarial. Todas estas consideraciones deben ser tomadas en cuenta al hacer aplicación de estos pasajes a nuestra realidad actual. El propósito por el cual Dios ha dado las Escrituras no es de perpetuar costumbres culturales de otra época, sino para que sepamos aplicar los principios espirituales y éticos hallados en ellas a la cultura de nuestra época. No sería correcto, entonces, que negáremos a las mujeres el derecho de hablar ministrando en la iglesia, si esta rigurosidad es solamente a base de pautas culturales de otra época y entorno cuando no exista en nuestra cultura ni pauta ni preocupación correspondiente. Hay ciertos factores en la enseñanza de Pablo que también apoyan la idea de que él no habría querido eliminar el ministerio de las mujeres con lo que dice en 1 Corintios 11:2-16; 14:34-35; Efesios 5:21-33; y 1 Timoteo 2:9-15. Primeramente, hay las referencias a las mujeres actuando en la iglesia en profecía y oración (1 Cor. 11:5, 13). Sabemos que las mujeres no eran silenciosas en la iglesia en un sentido absoluto porque profetizaban, y como hallamos referencia a ellas orando en el mismo contexto es bastante seguro que no se refiere tampoco a oración silenciosa, sino hablada. Otro factor, y probablemente de más importancia a nuestro estudio, es el apoyo que el Apóstol manifiesta hacia mujeres en ministerio en los escritos de él. Un porcentaje mucho mayor de las mujeres que menciona reciben de él una palabra de recomendación que de los hombres. Esto muy posiblemente se debe a que él sentía que las mujeres más necesitaban este apoyo que los hombres por los prejuicios que encaraban en el ámbito cultural del Asia Menor de aquella época. Apoyo de esta índole no estaría fuera de lugar en nuestra cultura tampoco, puesto que es obvio que en ella, y aun en muchos sectores de la iglesia, las mujeres que sienten llamamiento encaran dificultades para lograr el reconocimiento necesario para cumplir a cabalidad con sus ministerios. Pero si los pasajes referidos no dan apoyo a una sujeción general de las mujeres para con los hombres en sentido general, y si no excluyen a las mujeres de puestos ministeriales en la iglesia, ¿qué es que nos comunican? Puesto que hablan a mujeres que están en el contexto del matrimonio, nos proporcionan información que puede proveer pautas bíblicas para la relación hombre-mujer en esta institución. Aunque contienen mucho que es en términos de la cultura de aquella época y área del mundo, queda bastante claro que establecen prioridades en el matrimonio y en el hogar que reconocen la legitimidad del liderazgo del esposo en este ámbito. Pero esto, tampoco debe de ser tomado en un sentido que excluya a mujeres casadas de ministerio, ya que tenemos ejemplos sobresalientes en Priscila y Junia (si Andrónico es nombrado como esposo de ésta) que mujeres casadas pueden también destacarse en ministerio. Además no se debe mencionar la subordinación de la mujer en el matrimonio sin ponerlo en el marco cristiano del mandato al esposo que ame a su esposa como Cristo amó la iglesia. El código de los miembros de las casas que tenemos en Efesios 5:21-6:9 aunque no aplicable a la cultura de hoy en varios aspectos, siempre establece que cada uno debe de procurar llenar el papel que le toca para con otros, procurando el buen orden y funcionamiento de las instituciones que integramos. Y aunque el hogar, o la casa, no desempeñe todas las mismas funciones que la de aquel entonces, siempre es un valor importantísimo en cualquier sociedad. Consecuentemente, el éxito de ella como institución y el bienestar de los que la integran dependen mucho de que la mujer sepa desempeñar sus papeles de esposa y madre según el cometido que Dios le ha dado. Aunque se puede notar que la mayoría de los ministros de la Palabra de Dios a través de la Biblia son hombres, y que los doce apóstoles eran todos hombres, no es posible especificar las razones por esto. El hecho de que ninguno de los doce era gentil, no ha impedido que personas de esta calificación étnica desempeñen ministerio en el sentido más pleno. Pero, en fin, el descalificar a las mujeres porque no eran incluidas en ciertos grupos en tiempos bíblicos viene a ser un argumento de silencio —aunque nada se dijo específicamente, por causa de que no se hizo, no se puede hacer. Pero frente a declaraciones positivas como la de Joel cuando dijo que los hijos y las hijas profetizarían y que sobre los siervos y las siervas derramaría Dios de su Espíritu, argumentos de silencio deben ceder. El hecho de que Pedro basó su mensaje del día de Pentecostés en una exposición de este pasaje de Joel, muestra que la iglesia abraza el concepto expresado por el profeta. Era una realidad muy visible en el día de Pentecostés cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre un grupo de hombres y mujeres, y luego vino a ser una realidad en la vida de la iglesia apostólica, un hecho testificado por la mención que las Escrituras hacen de mujeres en sus ministerios. De todos modos, deben ser tomadas bien en cuenta las instrucciones del apóstol Pablo que damandan comportamiento de parte de las mujeres que no viole normas culturales de comportamiento apropiado. Aunque las normas de nuestra sociedad son muy diferentes de las de aquel entonces, siempre está vigente el principio que no se debe de practicar en la iglesia —tanto de parte de hombres como de mujeres— lo que cause escándalo o desorden delante de los ojos de la sociedad. Pero hay que tener en cuenta también que, aun en la sociedad greco-romana del primer siglo que limitaba severamente las libertades de la mujer, hallamos mujeres que ejercían ministerio en la iglesia. También de mayor consideración en toda actuación de la mujer casada en la iglesia y en ministerio es la relación para con su esposo, y cómo esta sea afectada por su manera de hablar o actuar. El que el esposo es cabeza de la mujer, aunque no debe de ser entendido en el sentido de disciplina militar o dictatorial, debe siempre tenerse bien en cuenta como pauta de autoridad y respeto debido. El matrimonio cristiano es una figura de Cristo y la iglesia, y el papel de cada cónyuge es definido en términos espirituales. El hombre habrá de amar a su esposa como Cristo amó la iglesia —un amor tanto entregado como sacrificial. La mujer debe respetar a su esposo como la iglesia a Cristo —un respeto que siempre busca que él sea honrado y que sus propósitos buenos no sean contrariados. El principio escritural sobre el cual se basa este trato entre los cónyuges es el siguiente: aunque estamos en Cristo «donde ya no hay ... hombre ni mujer, porque todos ... [somos] uno en Cristo»; sin embargo, vivimos todavía —hasta la venida del Señor— con los pies en la tierra, y los papeles que nos tocan desempeñar siempre habrán de ser realizados tomando bien en cuenta la responsabilidad que tenemos en relación con otros.
© David L. Moore, 2002, 2003 Este escrito forma parte del sitio web de Templo Calvario A/D de Miami, Florida, EE.UU.A. |