|
Antes que nada quiero aclarar que considero del todo aceptable y sano el celebrar la
Navidad. Sé que algunos —aun entre los cristianos— quisieran
que no se celebrara, ni se observara siquiera. Éstos señalan
que no sabemos en qué fecha
nació Jesucristo.
Es cierto que no sabemos la fecha del nacimiento de Cristo, pero no por esto debemos dejar de observar la Natividad. Primero, lo que celebramos, no es la fecha de su nacimiento sino el hecho de que Cristo nació. Y segundo, si uno tuviera un hijo adoptado de quien no supiera su fecha de nacimiento, ¿no le pondría alguna fecha para poder, cada año, expresarle el cariño que comúnmente se acostumbra al recordar, su cumplimiento de otro año de vida? Si uno haría así para un hijo, cuánto más no quisiéramos honrar el hecho del nacimiento del personaje más importante de la historia, el Señor Jesucristo. Objetan algunos también que la fecha en que se celebra la Navidad se empleaba antiguamente para fiestas relacionadas con el dios pagano del sol y que esto de alguna manera implica paganismo en el observar la Natividad. Pero la Navidad no es una fiesta pagana. Ningún dios pagano es honrado en el, sino el Señor Jesucristo; año tras año su Natividad es recordada en una manera especial en la época navideña. Y si la fecha navideña, en la antigüedad, pertenecía al dios pagano del sol, ya no le pertenece; pues pertenece a Cristo como recordatorio de su Natividad.
Tampoco debemos rechazar el observar la Navidad porque algunos la usan para promover el comercio de sus negocios, y otros como una excusa para hacer parranda. Es justamente por estas, y otras razones similares, que tomamos este tiempo para pensar en el sentido verdadero de la Navidad. Algunos la han tomado para sus propios propósitos, mientras el verdadero sentido de la Navidad ha tendido a perderse de vista entre tantos intereses que no son de su verdadera esencia. Pero ¿cuál, entonces, es su verdadera esencia? Ciertamente la respuesta girará en torno a la persona de Jesucristo, de su venida y de su obra. Lo que se realizó en su venida, entonces, y su efecto en nosotros nos provee nuestro punto de partida.
Observemos, primeramente, que la Navidad inspira esperanza. No es siempre fácil explicar por qué experimentamos sentimientos de esperanza cuando escuchamos las historias bíblicas de la Natividad o cuando oímos los villancicos navideños cantados por gente de fe. Pero si buscamos razones más sustanciales que nuestras propias emociones no nos faltarán porque la Natividad es fundamento para las esperanzas más importantes de la humanidad y de los seres humanos cada uno en particular. Cabe observar que la única esperanza de la raza humana para escapar la extinción está en Jesucristo. Esto es porque nuestros primeros padres, cuando ellos representaban toda la raza humana, rompieron la única regla que Dios les había dado, y por su desobediencia recibieron sentencia de muerte. Hay que entender que esta sentencia vino sobre toda la raza puesto que Adán y Eva representaban la suma total de la humanidad en aquel momento. Así que todos sus descendientes viven bajo la misma sentencia —la sentencia de que la raza humana irá a la extinción.
Las
personas que se preocupan especialmente por al naturaleza y por la
ecología saben que la extinción de las especies
es muy posible en un mundo que va sufriendo cambios. Hay fuerzas de
cambio activas en la época actual que podrían, al
final, hacer
inhóspito este mundo para la vida humana. Los
científicos nos dicen que las capas glaciales
están comenzando a derretirse por el calentamiento de la
atmósfera. Hay glaciares que por milenios han estado
deslizándose lentamente por las laderas de
montañas especialmente en el extremo norte y el extremo sur
de nuestro planeta. Últimamente, han ido cediendo
kilómetros hacia las alturas porque el calentamiento del
ambiente los derrite con más rapidez que sea reemplazado el
hielo por su fluir. Además, por el calentamiento
global, están empezando a derretirse
los pantanos antes permanentemente congelados que yacen en el norte de
Rusia,
Alaska, y Canadá. La descomposición de las
materias vegetales en estos pantanos ahora descongelados va produciendo
aun
más de los mismos gases que ahora causan el efecto
invernadero que está calentando el planeta.
Son hechos alarmantes. Uno bien podría preguntarse: ¿Será este calentamiento global que causará la extinción de los hijos de Adán? No podemos contestar definitivamente, pero su extinción es un hecho profetizado por haber dicho Dios a la humanidad representada en Adán, «Ciertamente morirás». Sin embargo, sabemos que Dios ha preparado salvación para cuántos creen en Jesucristo. El envío del Hijo de Dios a este mundo era un destello de esperanza para una raza de otra manera condenada a desaparecer. Su Natividad hizo posible que él que tenía poder para vencer la muerte tomara la naturaleza humana sobre sí para sufrir la muerte por cada uno de nosotros y así en él halláramos salvación. Este fue el camino que Dios había trazado para su Hijo, y el Nacimiento en Belén fue la alborada de esta salvación y de la esperanza firme que la acompaña.
La Navidad también inspira esperanza porque nos muestra que Dios interviene en la historia. El Dios verdadero no es un ser remoto que se ha retirado a algún rincón lejano del universo, despreocupado del destino de los seres humanos. La situación humana, apercibida por él, le ha movido a actuar en socorro nuestro. Esto nos despierta esperanza. La Biblia testifica cómo él ha actuado a favor de los suyos en el pasado. Advirtió a Noé acerca del juicio venidero. Éste se salvó en el arca, él, su esposa, sus hijos, la esposa de cada uno de éstos, y todos los animales que llegaron al arca, cada uno con su pareja. También intervino en el caso de Lot y su familia, sacándolos de Sodoma antes que la ciudad se destruyera por una conflagración de juicio divino. Y sabemos de su actividad salvadora para con el pueblo de Israel cuando estaban esclavizados por la potencia más poderosa del mundo de aquel entonces. En su Pascua, los judíos, hasta la actualidad, realizan un recordatorio de cómo Dios actuó en la historia para salvarlos de su esclavitud bajo los Egipcios sin que su pueblo tuvieran que levantar ningún arma en defensa propia. La Navidad nos recuerda que Dios, al contemplar la situación humana, fue movido a misericordia y envió a su Hijo para tomar nuestra humanidad sobre sí y, en forma humana, forjar la posibilidad de un futuro mejor para cada ser humano que en él confiara.
La Navidad también nos habla de esperanza porque el nacimiento del Mesías reafirma que Dios tiene un plan eterno que está realizando. Cuando el pecado recién había entrado en el mundo, y por medio del pecado la muerte, Dios prometió que iba a nacer quien derrotaría al diablo que había incitado a la humanidad a su caída (Gén. 3:15). La Biblia es también testigo que los profetas y los santos hombres de Dios han hablado, a través de los siglos de la venida del Salvador. A veces señalaban especialmente su nacimiento como cuando Isaías dice, «Un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre» (Isa. 9:6, 7). La Navidad muestra que Dios no se olvida de sus propósitos, sino cumple su Palabra. Si se realizó la prometida Natividad del Salvador, y también se realizó la prometida Redención por la obra que él vino para hacer en la cruz y la resurrección, podemos estar seguros que se realizará también la culminación de su plan en la plena salvación de los que creen.
Otro asunto que la Navidad hace resaltar es que con el nacimiento de Cristo Dios pone la Salvación al alcance de todos. Gran parte de esto tiene que ver con la Encarnación. Encarnación es una palabra que expresa que, en su Natividad, el Hijo de Dios se hizo hombre. Y esto realizó para hacer la naturaleza de Dios accesible y más inteligible a los seres humanos. El Evangelio de Juan dice, «A Dios nadie lo ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer» (Juan 1:18, RVR '95). El carácter de Dios se hizo conocer en Cristo, expresado a través de su humanidad. Como, otra vez, lo dice Juan, «Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14). Cristo mostró en una manera práctica y tangible cuánto es el amor que Dios tiene hacia nosotros —un amor que puso su salvación dentro de nuestro alcance, acercándose él a nosotros, cuando nosotros no teníamos cómo acercarnos a él.
Al poner su evangelio al alcance de todos, tampoco dejó fuera a los pobres. En la época del nacimiento de Cristo el guardar toda la letra de la ley como lo hacían los Fariseos era costoso —un lujo que las personas pobres a menudo no podían alcanzar. Además el sistema de sacrificios que se celebraban en el templo no estaba siempre al alcance de los pobres por las exigencias de su trabajo y por lo costoso que resultaba para ellos el viajar para llegar al templo. En la noche de la primera Navidad, estaba visible desde los campos de Belén, donde estaban los pastores vigilando sobre sus rebaños (Lucas 2:8-15), toda la grandiosidad del templo en Jerusalén. Sin embargo, la gloria que les rodeó a aquellos pastores no era de aquel edificio construido por hombres. Sino brillaba alrededor de ellos el resplandor de una gloria de parte de Dios que acompañaba al ángel mensajero de las buenas nuevas del nacimiento del Salvador. Es de remarcar que las primeras personas que oyeron el Evangelio ocupaban prácticamente el último escalón económico de la sociedad. A su tiempo el Evangelio también habría de llegar a los palacios y al templo. Pero Dios, en su sabiduría, lo alcanzó primero a gente pobre ocupada en ganar su sustento realizando un trabajo que aun les tenía ocupados por la noche.
Desde el principio, Dios ha querido que la luz suya alumbrara toda la humanidad. Aun al conferir bendición especial sobre Jacob, Dios le señalaba que en él y en su simiente serían benditas todas las familias de la tierra (Gén. 28:14). El templo debiera haber sido, por la Palabra de Dios, «casa de oración para todos los pueblos» (Isaías 56:7). Sin embargo, en el tiempo de Cristo, ciertos sectores de los judíos veían como patrimonio suyo las cosas santas de Dios, y hasta habían establecido comercios en las partes del templo que eran reservadas para los gentiles en sus oraciones y comunión con Dios (Marcos 11:15-17). En la Natividad vemos que Dios estaba al tanto de los que moraban en tinieblas y necesitaban la luz del Evangelio. La Natividad trajo al mundo al Siervo del Señor que no sólo levantaría las tribus de Israel y restauraría su remanente, sino que también sería una luz para las naciones y la salvación de Dios hasta lo último de la tierra. Esta gran verdad habría de ser enfatizada por Cristo cuando, luego de su resurrección, mandó que sus apóstoles alcanzaran este mensaje de salvación a todos por ir y hacer discípulos de todas las naciones.
Las bendiciones que proceden de la Natividad son múltiples; también entre ellos es el hecho de que nosotros, los seres humanos, nos vemos diferente por el hecho del nacimiento de Jesucristo. Nuestra raza ha sido honrada porque el Hijo de Dios nació como ser humano. Considere la persona que tiene alguien ilustre como pariente, Toma cierta satisfacción en el hecho. Aun si la persona destacada fue el primo de un tatarabuelo siente cierto orgullo en considerar que sea pariente. Cuánto más, como seres humanos, debemos sentirnos honrados que el Hijo de Dios vino a integrar nuestra raza. El nacimiento de Cristo fue humilde, pero hizo sublime todo lo relacionado con su entrada en este mundo. La población de Belén era pequeña entre las familias de Judá, pero el nacimiento de Cristo allí la ha exaltado de tal manera que su nombre se conoce en todo el mundo. Un establo es un lugar del todo común y tosco, pero en la primera Navidad el establo donde nació Jesús vino a ser un lugar sublime, un lugar maravilloso y de adoración a Dios. Así la Encarnación de Cristo como ser humano ha hermoseado nuestra humanidad por el simple hecho de haber él nacido y andado entre nosotros.
El interés que Dios ha mostrado al enviar a su Hijo en salvación de los seres humanos también nos hace ver nuestro verdadero valor. Se cotizan los valores de las diferentes acciones de la bolsa de valores por el precio que están dispuestos a pagar por ellas sus compradores. Y de una manera similar, sólo entendemos nuestro propio valor cuando contemplamos el precio pagado por nuestra redención. No hay modo de saber si habría sido posible nuestra salvación sin que el Hijo de Dios se diera en sacrificio por nosotros. La respuesta a esta incógnita está escondida en los consejos secretos de Dios. Pero lo que sí sabemos es que el precio pagado por nosotros sobrepasa infinitamente todos los valores de este mundo. La plata y el oro son cosas perecederas, pero la sangre de Cristo que fue derramada hasta la muerte por nuestra redención es un valor imperecedero que no tiene comparación. Cristo nació para cumplir este destino, y por esto el nacimiento del Salvador representa el entrego de nuestro Padre celestial de lo más precioso del cielo por nosotros, y en esto vemos nuestro verdadero valor.
A la luz de la Encarnación, ya las limitaciones humanas no pueden impedir que alcancemos todas las posibilidades que nuestro Padre celestial nos ha mostrado en Jesucristo. Su identificación con nosotros en nuestra debilidad humana ha abierto la posibilidad que compartamos con él en las prerrogativas celestiales y sublimes que también le pertenecen. Su identificación con nosotros en nuestra humanidad comenzó a realizarse en aquella primera Navidad. Se colmó en su identificación con nosotros aceptando sobre sí nuestra mortalidad y pecaminosidad en la cruz. Y puesto que su identificación con nosotros fue total, por fe en él podemos superar las limitaciones de nuestra humanidad para alcanzar la vida que Dios ha preparado para los suyos: vida eterna, un lugar junto a él en el cielo y el vivir como hijos suyos durante nuestro peregrinaje aquí.
|
Lugar de cultos: Templo Calvario Asambleas de Dios 10855 SW 26 St. Miami, FL Dirección de correo usual: Templo Calvario Asambleas de Dios 8306 Mills Drive #136 Miami, FL 33183 EE.UU.A. |
David L. Moore, pastor Teléfono: (305) 221-1881 Correo Electrónico: siervo@tcalvario.org Página principal http://tcalvario.org |