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Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga (Mateo 11:28-30). |
¿Es importante el carácter cristiano? ¿Es importante para nosotros? ¿Es importante para otros: para los que tratamos: para los que no conocen a Dios?
¿Podemos heredar el reino de los cielos sin tener un carácter cristiano?
¿Podrá uno ser salvo sin tener el carácter cristiano?
Una cosa es segura: el carácter cristiano es único, y no puede ser confeccionado por esfuerzo humano. Los que procuran una perfección legalista no alcanzan por ello un carácter cristiano. Los fariseos diezmaban hasta la menta, la ruda, y el comino de sus jardines; pero a pesar de su esfuerzo y su minuciosidad quedaban lejos del carácter que Dios quería ver en ellos. Tampoco tú te salvarás por seguir las reglas del legalismo. Pues aunque tú depongas todo color y te vistas únicamente de blanco y negro y aunque nunca cortes el pelo ni afeites las piernas si eres mujer o aunque te rasures la barba y el bigote si es hombre y aunque te cuidas de no dejar crecer las patillas, o cualquier otra cosa que exprese tu legalismo, debes saber que estas medidas no van a crear en ti un carácter cristiano.
Tampoco el cumplir con las obligaciones religiosas puede servir de sustituto por tener un carácter cristiano. Algunas personas piensan que si cumplen todas las obligaciones religiosas, van a estar bien con Dios. Así que son bautizados: toman la primera comunión: con cierta regularidad se confiesan y comulgan: se casan por la iglesia: y cuando están por morir se les aplica la extrema unción. Pero si nunca en todo este proceso se les forja en el corazón un carácter cristiano, su bautismo viene a ser nada más que agua vertida: su confesión, un recuento de sus pecados sin el propósito de dejarlos: su comunión, un peligroso tomar de lo santo con indignidad: su casamiento, la unión de incrédulos: y su extrema unción un desperdicio de aceite y de palabras. Tampoco el ser bautizado por inmersión mejora el asunto. Pues si un carácter cristiano no rige en tu corazón ni antes ni después de que te bautices, el sumergirse en aguas no te hace más que un pecador mojado.
No hay tampoco hazaña que tú puedas realizar que sea sustituto adecuado por el carácter cristiano. El apóstol Pablo, en el capítulo trece de su Primera Epístola a los Corintios, señala cuán huecas son todas las hazañas si a uno le falta la virtud principal de un carácter cristiano, el amor. Mira lo que dice. Si tu hablas en lenguas pero no tienes un carácter cristiano estas lenguas vienen a ser sólo sonidos sin sentido. Y aunque pudieras profetizar con entendimiento de todos los misterios pero no tienes un carácter cristiano, no eres nada. Si repartieres todos tus bienes para alimentar a los pobres y aunque te entregues al máximo sacrificio pero no tienes un carácter cristiano, no te va a aprovechar nada. Estas cosas pueden ser adorno del carácter cristiano pero no lo pueden sustituir.
¿Cómo,
entonces, se logra un carácter cristiano?
¿Cómo se implanta y se desarrolla esta perla
preciosa en nuestras vidas? Escucha la voz del Señor:
«Venid a mí ...» (Mat. 11:28),
dice él. Es en su presencia, en comunión con
él, que este carácter es implantado en nosotros.
Hay algo diferente acerca de los que han estado en la presencia del
Señor. Pedro y Juan fueron llevados delante del alto
sacerdote y otros miembros de su familia por haber sanado a un
paralítico en el nombre de Jesucristo y el haber estado predicando la
resurrección de los muertos a los que se agolparon para ver
esta maravilla. Nos dice la Biblia que aquellos hombres de la
cúpula religiosa judía, al observarlos a Pedro y
Juan se daban cuenta que habían estado con Jesús (Hechos 4:13).
Las personas que tratan contigo ¿se
darán cuenta que has estado en la presencia del
Señor? Es a través de él que conocemos
el amor de Dios que es la base principal de un carácter
cristiano. El apóstol Juan dice: «Nosotros lo
amamos a él porque él nos amó
primero» (1Juan 4:19).
Al experimentar el amor de Cristo por nosotros, y al sentirnos seguros
en este amor, aprendemos, no sólo el amar a Dios,
sino también cómo amar a nuestros semejantes. Sin que
él nos amara así sería imposible que nosotros
amáramos con este amor.
También Cristo nos invita a llevar su yugo sobre nosotros: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros...» (Mateo 11:28-29). Los judíos expresaban la obligación y responsabilidad para con Dios instando a tomar cada uno sobre sí el yugo de la ley de Moisés. Pero Pablo nos habla de «la ley de Cristo» (1Corintios 9:21; Gálatas 6:2) la cual nos toca como cristianos. Y al Cristo invitarnos a tomar su yugo sobre nosotros hay una diferencia. Porque al tomar su yugo nos unimos con él. Nos hace una invitación a estar unidos con él en un yugo que él tomó sobre sí en su encarnación. El vino a nuestro mundo, y tomó sobre sí nuestra humanidad y la usó para llevarnos a Dios. Ahora yo creo que si uno ha tomado el yugo del Señor Jesucristo, es él quien lleva lo grueso de la carga. Al tomar su yugo, nosotros andamos con él, tenemos comunión con él, y nos lleva él por el camino suyo. Además, esta unión, a la cual Cristo nos invita, obra en nosotros rasgos de su propio carácter. Y esta comunión con él no resulta pesada, sino proporciona muchos goces para quien ame a Dios. Como Cristo mismo dice: «Hallaréis descanso para vuestras almas porque mi yugo es fácil y ligera mi carga» (Mateo 11:29, 30).
Si queremos tener el carácter de Cristo, hay que aprender de él, como nos dice en este pasaje: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón...» (Mateo 11:29). Estar en comunión con él, andar con él, ser encaminados al lado de él es nuestra oportunidad de aprender. Cristo vino a este mundo, y vivió una vida ejemplar. Su ejemplo es una guía segura para todos. Pero cuando nos insta que aprendamos de él, enfatiza especialmente el carácter suyo manso y humilde de corazón. El mundo no valora la humildad. Pero Cristo era humilde. Los que se oponían a él eran altivos. El mundo admira al que se impone, al que demanda que los demás le sirvan. Cristo vino no para ser servido sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos (Marcos 10:40). El mundo que no conoce a Dios pone en alto al que logra triunfar por la violencia. Muchas películas actuales tienen este tema. Pero Cristo era manso: sufrió violencia: murió a manos de hombres violentos. Sin embargo tuvo la victoria por el poder de Dios; venció la muerte. Resucitó victorioso sobre la violencia y sobre los violentos y sobre todo propósito de ellos. Si aprendemos de él, podremos también ser victoriosos; podremos vencer por el poder de Dios así como él. Pero hay que aprender de él. Hay que entender que esta victoria se logra por los que tienen un carácter moldeado por Cristo, manso, humilde, y confiado en Dios.
El carácter cristiano es imprescindible en la vida del
creyente; no es opcional. No me mal entiendan; no estoy promoviendo una
salvación a base de obras. Ha quedado muy claro por la
enseñanza de los apóstoles que sólo podemos ser
salvos por fe y por la gracia de Dios. Pues somos salvos por lo que
Dios hace, no lo que nosotros hacemos. Sin embargo, los cambios que la
salvación ocasiona en nosotros produce el fruto del
Espíritu Santo, el fruto de la salvación. Este fruto es
producto del carácter transformado del cristiano. Jesucristo
dijo: «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16).
En una parábola acerca de los árboles y su fruto el
Señor aclara que las acciones y la vida cristiana son producto
de un carácter cristiano. Él dice: «¿Acaso
se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo
buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos
malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el
árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen
fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos
los conoceréis» (Mateo 7:16-20).
También el apóstol Pablo habla del fruto que produce el Espíritu Santo en el creyente. Este fruto es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, y templanza (Gálatas 5:22, 23). La implicación es que estas virtudes muy naturalmente aparecen en los cuyo carácter esté bajo la influencia del Espíritu Santo. Pero los que no estén influenciados por el Espíritu, sino que tienen un carácter más bien carnal, ven producirse en sus vidas acciones como fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y otras cosas por el estilo (Gálatas 5:19-21). Seguramente, el árbol se conoce por su fruto. Y como Cristo dijo que todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado en el fuego (Mateo 7:19), y como Pablo dice que los que hacen las cosas que nacen de un carácter carnal no heredarán el el reino de Dios, no podemos pensar recibir lo bueno de parte de Dios sin tener un carácter verdaderamente cristiano.
Es el carácter cristiano, visible por nuestras acciones y actitudes, que da testimonio de la presencia de una fe salvadora y de la obra de Dios realizada en nosotros por su gracia. El apóstol Juan dice en su primera epístola: «El que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo» (1Juan 2:5, 6). Donde se ha perfeccionado el amor de Dios, allí hay carácter cristiano. Y este carácter produce un andar que es semejante al del Señor. Así que no son las marcas externas, ni la identificación con un grupo u otro que nos señala como aceptables a Dios, sino un carácter cristiano expresado en el fruto que este naturalmente produce. Pablo dice: «Porque, en Cristo Jesús, ni la circuncisión vale nada ni la incircuncisión, sino la nueva criatura» (Gálatas 6:15). Y en otro lugar dice: «Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor» (Gálatas 5:6). Estas, las virtudes que revelan un carácter cristiano, son las marcas del que verdaderamente pertenece al pueblo de Dios.
¿Qué nos conviene, entonces, si queremos tener este
carácter que nos señala como parte de su pueblo? Si este
carácter se forja en la comunión con Cristo y en su
presencia, nos conviene oírlo cuando dice: «Venid a
mí...». Hay sólo una fuente de las virtudes que
componen el carácter cristiano. Sólo en Cristo hemos
conocido este amor que Dios tiene para con la humanidad; sólo a
través del Señor Jesús ha venido tal amor a este
mundo. «Si alguien tiene sed, venga a mí y
beba», dice Cristo. Acude tú a Cristo. Él dice:
«Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí» (Juan 6:37). ¿Vendrás tú a Cristo hoy? ¿Vendrás al quien solamente te puede salvar?
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